viernes, 4 de septiembre de 2026
Mi libro de vida - podcast - Episodio 4 - El veneno de las palabras
martes, 1 de septiembre de 2026
El retraso diagnóstico, las listas de espera interminables y la psiquiatrización del dolor no son errores administrativos: son violencia institucional y sesgo de género.
Frente al abandono de la sanidad pública, la información y la organización colectiva son nuestras herramientas de autodefensa. No estás sola ni exageras. En ENDOSUR FEM abrimos un espacio directo en tu móvil para estar conectadas sin intermediarios ni algoritmos: nuestro canal oficial de WhatsApp. ¿Qué vas a encontrar en el canal?
• Novedades y convocatorias de la asociación.
• Guías de autodefensa médica y derechos laborales (incapacidades, bajas por dismenorrea, recursos).
• Actualidad y denuncias sobre el estado de la sanidad pública andaluza.
• Actividades, talleres y espacios de acompañamiento mutuo para mujeres en todas las etapas vitales (endometriosis, SOMP, etapas como la menopausia, dolor pélvico crónico).
El dolor no se normaliza, los derechos se exigen.
👉 Haz clic aquí y únete al canal en un solo paso: https://whatsapp.com/channel/0029VbDpmfKGk1Fv04Cezu41
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Endosur Fem
miércoles, 26 de agosto de 2026
Mi libro de vida - podcast - Episodio 3 - Escapar de la luz
Escapar de la luz
Perdido en los ecos de un día de verano
Se llamaba Luz, ella me alejo
Escondido en lo más profundo
una máscara de dolor
Cuarenta y seis años huyendo
Hizo de mi vida un infierno
me arrastró hacia abajo
Para siempre trastornado
sin hacer ruido
Han pasado tantos años
¿Cómo puedo cambiar esto?
Retroceder en el tiempo
dejar atrás ese pasado de dolor
¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?
Escapar de la luz, es todo lo que sé
De sus palabras crueles no puedo escapar
Atrapado en recuerdos que no puedo borrar
Escapar de la luz
Escapar de la luz
Su risa se convirtió en dagas en mi alma
Siempre escondiéndome, esquivando, fuera de control
Nadie me vio, a nadie le importó protegerme
Siempre huyendo de esa luz que se mostró
Las sombras me persiguen día y noche
Las cicatrices no se curan, el odio arde con tanta intensidad
Detesto la luz que me hizo dudar
Mi vida está estancada, no encuentro una salida
¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?
Escapar de la luz, es todo lo que sé
De sus palabras crueles no puedo escapar
Atrapado en recuerdos que no puedo borrar
Escapar de la luz
Escapar de la luz
He conocido el amor, he conocido la pérdida
Pero su luz destrozó el rumbo de mi vida
Sigo buscando una nueva forma de ser
Mi mejor amigo me ayuda a liberarme
¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?
Escapar de la luz, es todo lo que sé
sus palabras aún me persiguen, pero me liberaré
De la luz que intentó cegarme
Una vida, un dolor, pero la esperanza permanece
Me encontraré más allá de las cadenas de la luz
Escapar de la luz
Escapar de la luz
viernes, 7 de agosto de 2026
Nuevo single - El muro de tu empatia
Hay una soledad muy amarga: la que sientes cuando rompes un silencio de décadas y descubres que la gente que te rodea no es capaz de aguantar el peso de tu verdad.
Este tema nace de la decepción de ver cómo algunos amigos le ponen límites a mi dolor. Quieren estar ahí, pero solo si no incomodo; quieren apoyarme, pero sin mirar las heridas. No lo hacen por maldad, sino por su propia incapacidad de gestionar un horror que les supera. Pero pedirme que no hable de «tanta pena» es pedirme que me vuelva a tragar el veneno que casi me destruye.
En su momento, gracias a Suno y a las posibilidades que me dio, pude crear My Book of Life, aquel proyecto en inglés que literalmente me salvó la vida. Ahora estoy trasladando todo al podcast Mi libro de vida, en castellano, y preparando un último disco (aún sin título) del que esta canción será el primer single.
Este disco hablara de mi vida, igual que los anteriores, pero con la visión que tengo hoy. Después de tanto luchar y de intentar sanar a través de mis canciones, así es como lo percibo, como lo siento y como lo vivo ahora mismo.
Y en la pagina de Suno https://suno.com/s/E4W08f3KX7lCYkdT
El muro de tu empatía no es una canción de odio, es desenmascarar la realidad. Es mi decisión firme de no volver a maquillar mi historia para no incomodar a nadie. Quien no pueda escuchar mi verdad, que se haga a un lado, porque la voz que me robaron a los 8 años ya no se vuelve a apagar por cuidar la comodidad de nadie.
El muro de tu empatía
Este silencio no es mi silencio
Es el refugio de tu comodidad
Dices estar si todo va bien
Pero mi verdad te hace dudar.
Cargué con la culpa cincuenta años
Y cuando por fin decido gritar
Me pides que apague mi propio fuego
Porque mi historia te hace temblar.
No quieres oír tanta pena
No sabes qué hacer con mi dolor
Prefieres la máscara que llevaba
A mirar de frente a mi destructor.
El muro de tu empatía
Se levanta ante mi dolor
El muro de tu empatía
Prefieres el silencio a mi voz.
Me das la espalda con cortesía
Diciendo que no puedes más
Me pides ayuda, pero con límites
Sin salpicar tu falsa paz.
Entiendo tu miedo, entiendo tu huida
No todos aguantan la oscuridad
Pero yo no voy a volver a callarme
Para cuidarte tu tranquilidad.
El muro de tu empatía
Se levanta ante mi dolor
El muro de tu empatía
Prefieres el silencio a mi voz.
Sigo adelante con mi cicatriz
Sin tu permiso para sangrar
La voz que me robaron de niño
Ya nadie la vuelve a apagar.
El muro de tu empatía
Es mi dolor
El muro de tu empatía
Es mi voz
El muro de tu empatía
mi voz
mi voz
Francis Taza
miércoles, 15 de julio de 2026
Mi libro de vida - podcast - Episodio 2 - El genesis e Insensible
El génesis
Hay momentos en la vida en los que el dolor te sobrepasa, en los que las palabras se quedan cortas y necesitas aferrarte a algo puro para empezar a sanar. Para mí, ese refugio siempre ha sido la música, pero lo que ha logrado Miguel Ángel Leal con su intro, The Genesis, va muchísimo más allá de lo que jamás pude imaginar.
Cuando me acerqué a él, con el alma en carne viva, y le conté todo lo que me había pasado, no hubo dudas, ni vacilaciones, ni distancias. Su respuesta fue un "sí" rotundo, un abrazo en forma de predisposición absoluta que jamás olvidaré. Le hice una petición que sé que no era fácil: le pedí que vertiera en esa intro todo ese dolor profundo que yo cargaba, pero también esa sanación que buscaba desesperadamente. Y vaya si lo hizo. Lo clavó de una manera que todavía me estremece.
Cada vez que escucho The Genesis, se me corta la respiración. Me siento plenamente identificado en cada nota, en cada acorde y en cada melodía que compone esa pieza. Es como si Miguel Ángel hubiera sabido leer directamente dentro de mi pecho y hubiera traducido mis cicatrices en música. Ha logrado plasmar el sufrimiento, la lucha y el renacimiento con una sensibilidad y una maestría que solo los grandes poseen.
Esta no es la primera vez que sumamos fuerzas; Miguel Ángel siempre ha estado ahí, colaborando conmigo mano a mano. Hemos compartido ya mucho camino y hemos dado vida a grandes proyectos juntos en los recopilatorios, pero creo que con esto hemos tocado un lugar muy especial. Gracias, Miguel Ángel, por tu generosidad, por tu talento indiscutible y por regalarme la obertura perfecta para este nuevo capítulo. Has convertido mi tormenta en puro arte.
Insensible
Siguiendo la línea de esos retazos de mi infancia que he ido narrando sobre mi padre y mi madre, hay un punto en el camino donde las cosas cambiaron de golpe. Yo recuerdo nuestra infancia como la de cuatro niños que se pasaban las horas jugando juntos a los soldaditos, a los coches, con muñecos y muñecas, y un largo etcétera de juegos normales de la edad.
Pero un día, de repente, surgió hacer algo diferente por parte del mayor de todos, que me sacaba de diferencia cinco años. No recuerdo si llegó a decirlo en voz alta delante de los cuatro, pero lo que sí sé es que dos de ellos se marcharon de la habitación, dejándome a mí a solas con él. Ahí fue donde empezó todo aquello.
Me vi metido en una situación donde recuerdo perfectamente posturas, las piernas hacia arriba, y cómo él me tocaba buscando una reacción física que, por la edad que yo tenía entonces, lógicamente no pasó. Tengo grabadas en la cabeza de forma constante las palabras que me decía mientras se movía, y recuerdo el momento en el que, después de aquello, se marchaba al servicio para acabar la faena a mano.
Para mí, en ese instante, aquello era simplemente una especie de juego nuevo e inventado por él, una situación extraña que se aceptaba como una regla más de las que surgían en la habitación de niños.
Detrás de todo esto, lo que me viene a la cabeza es cómo las reglas del juego iban cambiando; jugábamos a los Geyperman, a los Madelman o a los soldados que fueran, y claro, cuando llegaba la noche para los soldados, para nosotros también llegaba. Teníamos que meternos en la cama y entonces comenzaba de nuevo a tocarme y demás.
También recuerdo cómo veíamos la televisión en mi casa. Recuerdo a mi padre muy cerca de nosotros, trabajando y escribiendo de espaldas a donde estábamos, y el atrevimiento, debajo de la mesa camilla, de agarrarme la mano y llevarla hasta su...
Mucho tiempo después, mi mente, como un mecanismo de defensa para poder seguir adelante con mi vida, echó el cierre por completo. Hubo todo un tiempo de bloqueo en mi mente que tampoco logro recordar bien en fechas, pero sé que se protegió de esa manera y ocultó todo ese recuerdo durante muchísimos años. Tuvo que ocurrir una dolorosa despedida para que ese muro en mi cabeza se agrietara y todas esas sombras regresaran de golpe. Fue entonces, con la perspectiva del tiempo, cuando el peso de lo ocurrido cayó de verdad, al darme cuenta de que cargaba con todo ese silencio sin habérselo contado a nadie y sintiendo que me habían truncado la oportunidad de crecer con total felicidad.
No recuerdo cuántas veces pasó, ni lo que duraba, ni el momento exacto en que todo aquello acabó o terminó de manera definitiva. Pero esos juegos, o mejor dicho, esa perversidad, existieron de verdad, y fueron sin duda el comienzo de todo mi dolor existencial. Y digo existencial porque esto no fue una herida pasajera ni un simple mal recuerdo; fue algo muchísimo más profundo que afectó a toda mi existencia, a mi identidad, a mi paz interior y a mi forma de estar en el mundo. Esa perversidad no se quedó atrapada en la niñez, sino que se convirtió en una carga constante con la que he tenido que luchar en mi día a día, marcando las raíces de mi vida y condicionando mi libertad para poder ser feliz.
Poder volcar esta experiencia en la música ha sido lo más difícil que he hecho nunca. Sin embargo, hoy en día, cuando le doy al play y escucho la canción, noto que el efecto es muy distinto: ya no me hundo en el llanto, sino que me siento más fuerte por haber sido capaz de afrontar ese peso a través de mis letras. Ha sido mi manera de sacar fuera toda esa mezcla de rabia, ira y decepción que llevaba guardada, plantándole cara al trauma aunque todavía tenga la espina de decírselo algún día directamente a la cara. Sé perfectamente que convivir con estas secuelas es una batalla diaria y que no hay milagros de la noche a la mañana, pero componer este tema ha sido mi forma de liberarme. Mis canciones son mi búnker, el único lugar donde todo ese daño se transforma por fin en dignidad, en superación y en un poco de paz.
lunes, 22 de junio de 2026
Mi libro de vida - podcast - Episodio 1 - Infancia feliz - Papa y Mama
Nací un 6 de junio de 1970, en un mundo que se movía a otro ritmo, un ritmo más pausado, más tierno, donde la vida se medía en las risas en casa y en las tardes que parecían no acabarse nunca. Esos primeros años de mi vida, los que van desde la fecha indicada hasta que cumplí los 8 años, los pocos recuerdos que puedo tener guardados, están en mi memoria como un territorio de paz absoluta, un refugio de luz pura donde el dolor no existía y donde la inocencia lo inundaba todo.
En el centro de ese universo de juego y descubrimiento estaba mi hermano mayor, Rafa. Rafa era mi compañero de batallas, el cómplice de todas las aventuras que nos inventábamos con lo que tuviéramos a mano. Jugábamos muchísimo, a todas horas, estirando el tiempo hasta que el sol se ocultaba. Con él aprendí lo que significa la hermandad, el compartir, y esa complicidad ciega de los niños que se entienden solo con mirarse. En esa edad eramos inseparables, dos niños creciendo libres, con la seguridad de saber que el mundo era un lugar seguro y hermoso porque las columnas que lo sostenían eran indestructibles: nuestros padres. Mi padre era un hombre serio, de una rectitud impecable, educado y honesto hasta la médula. De él se desprendía un respeto natural; era la calma, la palabra justa, el ejemplo vivo de la integridad. Pero esa seriedad no distanciaba, al contrario, daba una seguridad inmensa. Sabías que bajo su mirada nada malo podía pasarte. Y el contraste perfecto, el equilibrio que hacía que la casa fuera una felicidad constante, era mi madre. Mi madre era la felicidad personificada, risueña, con una luz que contagiaba cada rincón. Ella y mi padre se complementaban de una forma hermosa y nos daban cariño a raudales, sin condiciones, sin guardarse nada. No hacían falta grandes lujos ni cosas materiales, porque el amor se respiraba en el aire, se notaba en los abrazos y en la manera en que nos miraban. Tengo grabados a fuego en el corazón los domingos en casa. Eran días mágicos, lentos, con un olor especial. Mientras el día iba despertando, de fondo siempre sonaba música clásica, llenando el salón, envolviéndolo todo con una armonía que te hacía sentir en paz absoluta. Esa banda sonora de mis mañanas de domingo se mezclaba con el olor a cocina casera, ya fuera arroz a la banda, gazpachuelo o el día que le preguntaba qué había hecho de comer nos contestaba, pucherete. Recuerdo visitas de mis abuelos, de mis tíos, de la tía de los pinos con el cachane o algo así, también recuerdo visita de mis tíos y primos de Sevilla, de paseos con amigos de mis padres. Cuando íbamos a ver a mi abuela Ana que me guardaba sus ricas galletas y me daba plátanos a los que yo llamaba trus trus y ya con el tiempo mis tios me trajeron una pequeña y graciosa prima llamada también Ana que es mi hermanita pequeña y a la que siempre he querido con locura. Recuerdo ir, a veces andando y otras en bus a casa de mis abuelos Paco e Isabel al campo, días completos en familia de campo y comida. Recuerdo tardes en casa viendo los payasos de la tele, o dibujos o series de la época. Intento recordar, puedo mezclar a lo mejor distintas épocas pero todas de pequeño. Recuerdo que jugaba con primos que vivian cerca de casa. Salíamos, entrábamos, nos juntábamos una panda de niños a jugar en la calle o en casa, correteando por las calles, compartiendo una infancia dulce y arropada por una familia unida que celebraba el simple hecho de estar junta. En esos primeros 8 años de vida, mis padres pusieron en mí los cimientos de la persona que soy. Sin saberlo, me estaban entregando las herramientas más valiosas, el escudo más fuerte para el futuro. Ellos me enseñaron a amar sin miedo, a confiar en los demás con los ojos cerrados porque el mundo que me rodeaba era noble, y a querer con el alma limpia. Fue una infancia bañada en oro, una época de paz tan profunda que, incluso hoy, al mirar atrás, puedo oír la música clásica de los domingos y sentir el abrazo cálido de mis padres, recordándome que allí comenzó mi historia, en la pureza más absoluta. Aquellos primeros ocho años fueron un regalo de pura inocencia. Quién me iba a decir a mí entonces cómo cambiaría mi mundo un tiempo después... Pero esa ya es otra página de mi libro. Hoy nos quedamos en esta luz, con este viaje al pasado y con el homenaje más especial de mi vida: las canciones de mis padres.









