Hay momentos en la vida en los que sientes que todo lo que has construido se viene abajo. Recuerdo cuando murió mi padre… sentir ese vacío tan grande que lo único que quería era dejarlo todo, apagar las luces y despedirme de las redes, de la música, de todo.
Pero por dentro hay una fuerza que se resiste a apagarse. Supongo que no quería despedirme jamás, porque en el fondo sabía lo que vendría después… Tiempo más tarde me tocó afrontar la marcha de mi madre. Los dos, mis máximos protectores, se habían ido casi seguidos, dejándome con tantas conversaciones a medias y una herida profunda que aún duele. Si lo hubiera dejado todo la primera vez... ¿qué habría hecho cuando llegó el segundo golpe?
La música siempre ha estado ahí. Es verdad que ha habido épocas oscuras, momentos de dura depresión en los que sentía que esa magia que brotaba de mí se había secado, etapas donde incluso la propia música parecía abandonarme y pasar de largo sin poder alcanzarla. He tenido que cargar con cicatrices muy antiguas, desde los abusos y el bullying de niño, hasta la traición y la pérdida de grandes amistades en el camino.
Hoy me encuentro en un punto donde cuesta combinar el corazón, la mente y esa pasión desmedida. Un punto agridulce, marcado también por la incertidumbre de la salud y el miedo a un futuro incierto. Pero si algo me ha enseñado este viaje por y para la música, es que aunque la mente a veces se empeñe en hacer ganar a los recuerdos malos, las batallas nos moldean.
Esta no es una despedida desde el rencor, sino desde la paz. Se trata de aceptar el dolor, dar las gracias a quienes siempre estuvieron apoyando y mirando con los ojos del corazón, y plantarse con firmeza ante la tormenta. Porque pase lo que pase, la música sigue corriendo por mis venas.
En mi familia siempre fuimos de querernos mucho, pero no éramos de decírnoslo con palabras. El cariño se demostraba en los hechos, en un abrazo, en una sonrisa o en una mirada cómplice.
Cuando mi padre cayó enfermo en el hospital, yo estaba en desempleo. Me quedaba con él todas las noches y casi todas las mañanas. Llegó aquel fatídico Día del Padre; estaba sentado a sus pies, le agarraba la mano, lo felicitaba y le decía "te quiero". Pero él ya no me escuchó. Me di la vuelta tan solo un segundo y su respiración se apagó de golpe. Escuchar irse su último aliento de entre mis manos me partió el alma, y es un golpe duro que me acompaña hasta el día de hoy.
A partir de ese momento me juré que no me volvería a pasar y empecé a decírselo a mi madre muy a menudo. Dos años más tarde, cuando sus problemas de movilidad hicieron imposible atenderla adecuadamente en casa a pesar de todos los esfuerzos, tuvimos que tomar la difícil decisión de llevarla a una residencia. Aunque estaba cerca, mis viajes de trabajo me hacían sentir lejos. Iba a verla todo lo que podía, pero me dolía enormemente dejarla allí; siempre sentí que la había abandonado.
Con mi madre ya en el hospital, mi última visita fue un cruce de miradas que duró casi una hora entera. Ella ya no podía hablar, pero con esos ojillos me lo contaba todo. Yo no podía dejar de mirarla, y así estuvimos hasta que me tuve que marchar. Días después, falleció precisamente el día en que yo me encontraba más lejos, trabajando en los Picos de Europa. Fue una angustia terrible hacer ese viaje de vuelta para poder darle mi último adiós.
De mi padre me llevo la lección del silencio y su último aliento. De mi madre, esa hora eterna mirándonos a los ojos.Y para mí, decir que están allí arriba no es solo hablar del cielo; es recordar aquella casa de mis abuelos Paco e Isabel en el Camino Nuevo, un lugar lleno de vida y de recuerdos donde sé que vuelven a estar juntos. Hoy sé que ambos, estén donde estén, conocen de sobra lo que hay en mi corazón.
Hay canciones que no nacen por ganas de buscar conflicto, sino por la pura necesidad de vaciar la mochila de una vez por todas, decir las cosas a la cara y dejar de cargar con culpas que no me corresponden. No me van a leer todos, tan solo quienes tengo por aquí pero para mi me vendrá bien, pues el hablar las cosas siempre viene bien. Me habría encantado ir a la próxima reunión de esta mi generación y así poder cerrar este círculo y contar a todos en persona todos mis sentimientos pero el trabajo no me dejará ir , así que por aquí lo relataré.
Muchos querían saber qué me pasaba por dentro y por qué nunca fui a ninguno de los eventos que organizaban los de esa cuarta línea de consanguinidad. Les hice el vacío en todas sus reuniones por los motivos que ahora voy a relatar. Eso provocó que me distanciara también de mis tíos, algo de lo que me arrepiento profundamente, aunque hoy en día mantengo un acercamiento general con todos ellos.
Por las marcas de los abusos y la historia que llevo a mis espaldas desde niño, me he culpado de casi todo en esta vida, incluso de situaciones desgarradoras como pensar si pude hacer más cuando mi madre falleció en la residencia. Ese sentimiento de culpabilidad me ha acompañado siempre por dentro. cualquier cosa por mínima que fuera me sentía culpable y así toda una vida.
Mis padres me inculcaron el verdadero valor de la familia; no solo del núcleo cerrado, sino de la familia entera. Crecí viendo una lealtad real y siempre estuve ahí en todas y cada una de las reuniones: bodas, bautizos, comuniones, hospitales o entierros; llegaba el primero y me iba el último.siempre he dado todo de mi con cariño real y sin condiciones.
Sin embargo, la respuesta de mi propia generación, esa cuarta línea de consanguinidad, fue un muro helado. Al igual que uno de ellos abusó de mí, el resto me decepcionó. Cuando viví lo de mi propia boda, cuando tras la tarta vi cómo todos, menos los sevillanos, decidieron marcharse sin más, mi primer pensamiento automático fue culparme a mí mismo: «¿por qué me pasa esto a mí?, ¿habré sido tan malo con ellos?». Ahí empezó a verse la grieta. para mi fue una falta de respeto deliberada, una declaración explícita de desinterés y un feo manifiesto. Y es que fue un caso único: antes y después de la mía hubo más bodas en la familia, y en todas ellas todo el mundo se quedó de principio a fin, disfrutando y acompañando hasta el último minuto a la pareja. La única boda donde se fueron fue la mía. ¿qué queréis que piense?
Tiempo después de mi boda, ya empecé a ver cosas feísimas: cruzarme por la calle con dos de ellos en ocasiones distintas y ver cómo, al ver venir a mi esposa y a mis hijos, daban la vuelta para no saludar.
Cuando en 2004 nació mi hija Sara, solo dos vinieron a conocerla. En 2011 nació mi hijo Rubén y solo vino uno. Con la excepción de mi prima Ana, que viniendo desde Melilla hizo el esfuerzo de estar a mi lado para el nacimiento de mis dos hijos, demostrando que solo hay que querer y es la única, para mi, que ha estado a la altura. Para el resto de esa cuarta línea de consanguinidad, el desinterés hacia mis hijos fue total. Falta de corazón, una demostración de desinterés absoluto y un desprecio inexplicable. Ni una llamada de teléfono para preguntar. Y la historia se repitió cuando mi padre pisó el hospital, visitas contadas con los dedos de una mano y cuando mis padres fallecieron, a mi personalmente algunos que me vieron si pero el resto nada de nada de nuevo, a los pésames hay que echarle huevos y ponerles voz pues aunque es algo que no queremos que pase hay que tener valor para hablarlo y si no puedes ir, llama, no que alguno me enviaron pésames escritos por whatsapp a los que ni conteste, me pareció una falta de Falta de respeto, falta de consideración, falta de empatía, falta de delicadeza, falta de sensibilidad, falta de educación, falta de tacto, un mero trámite y hecho puramente por compromiso.
Hoy, cuando algunos me vienen con la excusa de que "todos tenemos vidas liadas y trabajo", me parece una excusa barata. Todos tenemos obligaciones y yo también me he alejado con el tiempo porque, si no quieren saber nada de mis dos hijos, yo tampoco voy a estar ahí. Pero para saber de alguien no hace falta cruzar el mapa: el teléfono existe para llamar.
Si lo piensas bien, no ha sido cosa de uno o dos; han sido prácticamente todos y el feo me lo han hecho a mí directamente. Eso te deja un dolor y una rabia contenidos difíciles de tragar. Y ahora que he empezado a hablar abiertamente de mis traumas y a hacer estas canciones, al ir mandándoles cosas porque nadie sabía nada de lo que pasé, algunos se han acercado bastante y se muestran muy cercanos. Pero por dentro convive todo lo anterior con lo de ahora, un cúmulo de sentimientos encontrados que cuesta encajar.
Esto no me quita el sueño por las noches ni me duele como las verdaderas tragedias de mi vida, pero la palabra es clara: decepción. Llevo los apellidos Taza y Fernández con la cabeza muy alta por la memoria de mis padres y el respeto que le tengo a mis tíos. Si hoy mantengo algo de trato con alguno, es únicamente por mis tíos, no por ellos. Como dice la letra, mi generación ha elegido su camino sin mí, y yo voy caminando en sentido contrario.
Pero, ¿Cómo pretendéis que reaccione con todo lo que ha pasado y todo lo que me habéis hecho? ¿Qué se supone que debería haber hecho yo ante semejante demostración de desinterés? ¿Cómo se digiere que la única boda donde la gente decide levantarse e irse sea precisamente en la tuya? ¿Qué clase de persona hay que ser para mirar hacia otro lado y marcar esa distancia? ¿De verdad os extraña que pusiera distancia cuando lo único que he recibido ha sido frialdad y desprecio? ¿Cómo se puede pedir empatía o cercanía cuando el dolor ajeno solo se despacha con un mensaje rápido para cumplir? ¿Qué respuesta esperábais después de años acumulando feos, silencios y espaldas giradas en plena calle?
Esto solo ha sido el relato de mis vivencias con vosotros. A partir de este texto no quiero tener que contestar a nada más; no quiero conversaciones sobre esto ni por teléfono ni por redes sociales. Tan solo, si nos vemos algún día, poder charlar. Aun así, la decepción no se me irá nunca del corazón.
Me quedo con lo que de verdad suma: mi mujer, mis hijos y los pocos que demuestran las cosas de corazón.
Hace poco, uno de mis tíos me dijo que yo era su favorito. Ojalá me lo hubiera dicho antes, porque quizás me habría pasado menos tiempo creyéndome inferior o, peor aún, sintiéndome culpable de que nadie me llamara o viniera a visitar a mis hijos.
Hoy quiero compartir algo que nace directamente del pecho: una canción que es una carta de amor a mis dos grandes amores, mis hijos, Sara y Rubén. Su título es Mi vida.
La historia empieza en esa etapa de tranquilidad en pareja, pero de golpe la vida te regala una ilusión enorme. En 2004 llegó Sara. Primera nieta para mi madre, ella deseaba con el alma una niña, así que su llegada fue una fiesta para todos. Recuerdo los paseos, comprarle sus trajecitos, jugar con sus muñecas, verla crecer y empezar a hablar... Tengo un archivo enorme de fotos, audios y vídeos grabados de esa época.
Años después, en 2011, vino Rubén. Él era distinto: rubio y con el pelo rizado, igualito a su madre, mientras que Sara sacó mi pelo moreno y liso. Por eso meto esa broma en la canción de «¿de dónde habrá salido?», porque no se parecía a mí en nada. Con él vivimos de nuevo la magia de ver crecer a otra personita, pero esta vez con la complicidad de Sara, que cuidaba de su hermano pequeño con un cariño enorme, ella eligio su nombre y siempre estaba pendiente de su hermano.
Tenerlos me enseñó lo que significa amar sin reservas. Me vi dándoles exactamente lo mismo que mis padres me entregaron a mí: el afecto más limpio y verdadero que existe. Ellos curaron mis heridas y se convirtieron en mi motor diario, en el aire que respiro y en mi razón para no rendirme jamás. Pero ser padre también trae ese nudo en el estómago, esa lucha constante por blindarlos frente a las bofetadas del mundo, por velar su descanso y estar ahí cada vez que tropiecen.
Hoy Sara ya es toda una mujer con 22 años, estudiando fuera y haciendo su camino, el amor por ella sigue intacto. Y Rubén tiene 15 y está en casa, yo intento guiarlo por el buen camino. Todo lo que he intentado transmitirles es el respeto, la educación y los valores que me enseñó mi padre. Ojalá se parezcan a él, porque mi padre me da veinte mil vueltas y no le llego ni a la suela de los zapatos.
Ellos dos sanaron mis heridas, se convirtieron en mi motor y en mi razón para no rendirme. Y aunque hoy en día mi cabeza sea a menudo un caos donde cuesta encontrar la luz, necesitaba dejar esta canción grabada. Para recordarles que, pase lo que pase, ellos son el vínculo más sagrado de mi corazón.