Nací un 6 de junio de 1970, en un mundo que se movía a otro ritmo, un ritmo más pausado, más tierno, donde la vida se medía en las risas en casa y en las tardes que parecían no acabarse nunca. Esos primeros años de mi vida, los que van desde la fecha indicada hasta que cumplí los 8 años, los pocos recuerdos que puedo tener guardados, están en mi memoria como un territorio de paz absoluta, un refugio de luz pura donde el dolor no existía y donde la inocencia lo inundaba todo.
En el centro de ese universo de juego y descubrimiento estaba mi hermano mayor, Rafa. Rafa era mi compañero de batallas, el cómplice de todas las aventuras que nos inventábamos con lo que tuviéramos a mano. Jugábamos muchísimo, a todas horas, estirando el tiempo hasta que el sol se ocultaba. Con él aprendí lo que significa la hermandad, el compartir, y esa complicidad ciega de los niños que se entienden solo con mirarse. En esa edad eramos inseparables, dos niños creciendo libres, con la seguridad de saber que el mundo era un lugar seguro y hermoso porque las columnas que lo sostenían eran indestructibles: nuestros padres. Mi padre era un hombre serio, de una rectitud impecable, educado y honesto hasta la médula. De él se desprendía un respeto natural; era la calma, la palabra justa, el ejemplo vivo de la integridad. Pero esa seriedad no distanciaba, al contrario, daba una seguridad inmensa. Sabías que bajo su mirada nada malo podía pasarte. Y el contraste perfecto, el equilibrio que hacía que la casa fuera una felicidad constante, era mi madre. Mi madre era la felicidad personificada, risueña, con una luz que contagiaba cada rincón. Ella y mi padre se complementaban de una forma hermosa y nos daban cariño a raudales, sin condiciones, sin guardarse nada. No hacían falta grandes lujos ni cosas materiales, porque el amor se respiraba en el aire, se notaba en los abrazos y en la manera en que nos miraban. Tengo grabados a fuego en el corazón los domingos en casa. Eran días mágicos, lentos, con un olor especial. Mientras el día iba despertando, de fondo siempre sonaba música clásica, llenando el salón, envolviéndolo todo con una armonía que te hacía sentir en paz absoluta. Esa banda sonora de mis mañanas de domingo se mezclaba con el olor a cocina casera, ya fuera arroz a la banda, gazpachuelo o el día que le preguntaba qué había hecho de comer nos contestaba, pucherete. Recuerdo visitas de mis abuelos, de mis tíos, de la tía de los pinos con el cachane o algo así, también recuerdo visita de mis tíos y primos de Sevilla, de paseos con amigos de mis padres. Cuando íbamos a ver a mi abuela Ana que me guardaba sus ricas galletas y me daba plátanos a los que yo llamaba trus trus y ya con el tiempo mis tios me trajeron una pequeña y graciosa prima llamada también Ana que es mi hermanita pequeña y a la que siempre he querido con locura. Recuerdo ir, a veces andando y otras en bus a casa de mis abuelos Paco e Isabel al campo, días completos en familia de campo y comida. Recuerdo tardes en casa viendo los payasos de la tele, o dibujos o series de la época. Intento recordar, puedo mezclar a lo mejor distintas épocas pero todas de pequeño. Recuerdo que jugaba con primos que vivian cerca de casa. Salíamos, entrábamos, nos juntábamos una panda de niños a jugar en la calle o en casa, correteando por las calles, compartiendo una infancia dulce y arropada por una familia unida que celebraba el simple hecho de estar junta. En esos primeros 8 años de vida, mis padres pusieron en mí los cimientos de la persona que soy. Sin saberlo, me estaban entregando las herramientas más valiosas, el escudo más fuerte para el futuro. Ellos me enseñaron a amar sin miedo, a confiar en los demás con los ojos cerrados porque el mundo que me rodeaba era noble, y a querer con el alma limpia. Fue una infancia bañada en oro, una época de paz tan profunda que, incluso hoy, al mirar atrás, puedo oír la música clásica de los domingos y sentir el abrazo cálido de mis padres, recordándome que allí comenzó mi historia, en la pureza más absoluta. Aquellos primeros ocho años fueron un regalo de pura inocencia. Quién me iba a decir a mí entonces cómo cambiaría mi mundo un tiempo después... Pero esa ya es otra página de mi libro. Hoy nos quedamos en esta luz, con este viaje al pasado y con el homenaje más especial de mi vida: las canciones de mis padres.Francis Taza
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